Hubo una época en que los discursos sobre educación estaban llenos de épica, entusiasmo y voluntad. Por buenas razones. ¿Dónde más encontrar las bases de la esperanza de un futuro mejor si no era en la calidad educacional de nuestros hijos? El sociólogo estadounidense, Neil Postman, enfatizaba esta idea cuando señaló: “Nuestros hijos son los mensajes vivos que enviamos a una época que no podremos ver”. Chile eligió presidentes en el pasado inspirado en sus promesas de construir escuelas y entregar educación para todos. Sin embargo, los dos últimos mandatarios, de distinto signo político, no priorizaron en sus campañas cambios profundos al sistema educativo. Si el tema fue puesto en la agenda, una vez instalados en La Moneda, no fue por gusto propio, sino porque movilizaciones de secundarios -el 2006- y de todos los estamentos educativos, hoy, forzaron en las calles la instalación de la educación como un cambio estructural pendiente e impostergable.

El actual sistema económico neoliberal globalizado tolera -sin mayores traumas por ahora- enormes tasas de ignorancia y mala educación. Lo que no acepta son niveles bajos de consumo y de consumidores. Depende del consumo de la gente, no de su buena educación. De hecho ambos conceptos, el consumismo y la educación de calidad, podrían ser hasta incompatibles para los intereses del sistema. Hacer análisis con mejores instrumentos técnicos, saber calcular intereses o traer a valor presente algunas opciones futuras, entender las enseñanzas de la historia, practicar valores aprendidos de la filosofía, la sicología y las ciencias puede potenciar un uso más racional de los recursos económicos, que es exactamente lo que se busca evitar por los agentes comunicacionales del sistema económico: la publicidad masiva y el lobby a la autoridad.

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